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05 January 2011 @ 08:17 pm
[fic] Gokusen Movie: Series (Genji-Izaki) I  
GOKUSEN MOVIE SERIES

Autora: slayer_kur 
Fandom: Gokusen Movie
Pairing: Genji + Izaki
Resumen: Cuatro veces en las que Genji e Izaki intentaron actuar como novios y no les salió. Más tres que sí lo consiguieron.
Rating: Errr Nc17 just in case xD
Warnins: Slash M/M. Humor. Fluffy. Vocabulario cochino.
Notas: POST Gokusen Movie

 Parte II

CUATRO VECES EN LAS QUE GENJI E IZAKI INTENTARON ACTUAR COMO NOVIOS, Y NO LES SALIÓ.

 Genji nunca ha entrado en una biblioteca. Es un hecho, claro, nadie lo pone en duda, porque si él dice que nunca ha entrado en una biblioteca, es porque nunca lo ha hecho, y cuidadito con pensar que sí.

Y como nunca lo ha hecho y quiere que los demás sigan pensando que nunca lo hará, no le ve el motivo a avergonzarse por entrar en el recinto a escondidas, de puntillas y mirando por encima de su hombro para comprobar que nadie le descubre profanando un lugar hasta entonces sagrado. Pero lo necesita, oye, si no seguro que no estaría allí. Es una cuestión de vida o muerte, de esas opciones que en otras circunstancias no considerarías, pero llegado el momento, colega, o lo haces o no hay otra solución.

Por eso trastea entre las diferentes estanterías con las manos en los bolsillos del pantalón negro del uniforme, leyendo el lomo de algunos libros con dificultad. Es que parece que lo hagan aposta, ponerlo difícil para que a la gente le dé más pereza leer. Porque si a él le colocas los libros de cara, enseñando la portada y a poder ser con dibujos, claro que se sentiría más atraído hacia la lectura, pero si se lo pones de lado y lleno de letras que sólo puedes leer girando la cabeza en un ángulo de 180º, pues como que no.

Pasa de largo de la sección de clásicos, de la sección de no clásicos, y por fin llega a la que le interesa, alcanzando el libro que buscaba.

Es más gordo de lo que pensaba, y está lleno de letras, por eso le cuesta dar con lo que quiere; le cuesta tanto que está a punto de rendirse en varias ocasiones; el resto del tiempo se piensa qué hacer con el libro entre las manos, si tirarlo por la ventana o golpear a alguien con él, pero no, se dice, hay que mantener la calma y seguir buscando, hasta que por fin sus ojos se detienen en lo que le interesa y deja escapar una silenciosa exclamación de victoria. Vacilarle un libro a él, ja.

Siguiendo con el dedo la línea, lee, Hombre: individuo de la especie de humana.

Mmm, eso no le sirve demasiado, así que continúa leyendo, saltándose la definición más larga del diccionario porque tiene muchas palabras que no entiende, y pasa a la tercera, que dice, Hombre: Varón, que ha llegado a la edad viril.

Sí sí, esa le gusta más, que él de viril tiene mucho. Ya se siente más tranquilo, pero aún no ha encontrado lo que quería, así que pasa el dedo por la otra línea, buscando. Hombre: Todos los hombres forman un solo género, Homo.

Ja. Ahí estás. Genji emite una risilla entre dientes, golpeando con el índice la página del diccionario que tiene abierta, carraspeando cuando se da cuenta de que parece idiota y sólo le faltaba que le señalaran como idiota dentro de una biblioteca.

Pero ya está claro. Por supuesto, hasta el diccionario lo dice, y si el diccionario lo dice, debe ser verdad. Todos los hombres son más o menos homo, él es de los de menos, pero a veces se siente de los de más, pocas veces, todo hay que decirlo, pero las suficientes como para haber recurrido a buscar el significado de lo que es ser hombre. Hasta la fecha él lo tenía muy clarito: salir a beber, salir a fumar, salir a conocer chicas, salir a pegarse con otros hombres. Pero claro, piensa Genji, ladeando la cabeza mientras cierra el diccionario ignorando el polvo que sale de las páginas, últimamente su concepto de la virilidad ha cambiado bastante, y todo por culpa de cierta persona rubia, que en otro contexto podría sonar mínimamente decente, pero no lo es cuando puntualizas y concretas que la cierta persona rubia es un hombre, viril, igual que él. Y por lo tanto homo, hay que recalcar.

Interesante. Ahora que lo ha buscado en el diccionario siente menos presión en el pecho, un alivio; pues no es tan raro que sienta cosas extrañas cuando ve a la persona rubia, puesto que los dos son homo, claro.

También es homo Odagiri-sensei y su novio; y Sochikubai-san y su novio; incluso cree que esos dos pringaos de segundo son homos. Así que no hay nada que temer, porque si es algo normal afecta al 98% de la población masculina que conoce, y si es una epidemia también.

Más tranquilo, vuelve a salir al pasillo del instituto profundamente sumido en sus pensamientos, sin importarle ya que alguien le vea surgir de la biblioteca. No es que antes estuviera muy nervioso, por supuesto, un hombre como él no se pone nervioso ante las dificultades. Pero una cosa es no ponerse nervioso ante las dificultades y otra muy diferente es no hacerlo cuando tiene a Izaki delante. No es el nerviosismo que pueda inspirar el rubio en cualquier otra persona, piensa Genji, cerrando una puerta sin molestarse en mirar hacia atrás cuando escucha un quejido proveniente de alguien que se la ha comido por su culpa.

Izaki y él son tíos duros, pero ahí donde Genji prefiere actuar a pensar, pegar a hablar y matar a pedir explicaciones, Izaki es totalmente lo contrario, es de los de pensar antes de actuar, y sonreír antes de matar… sin pedir explicaciones. Por eso, cuando la gente le ve por el pasillo, serio, caminando con las gafas de sol y las dos manos dentro del bolsillo, se aparta para dejarle el suficiente espacio y no tener que despertar en él esa sonrisa de asesino psicópata que luce cuando se enfada. Porque a Genji se le ve venir, a él y a su halo de muerte, pero a Izaki no, a Izaki te lo encuentras encima cuando ya es demasiado tarde.

-¿Genji?

Con un respingo disimulado, Genji entrecierra los ojos para mirar al recién llegado, dándose la razón a sí mismo, diciéndose ‘¿lo ves?’ como si se hubiera contradicho en algún momento del monólogo interior. ‘A Izaki nunca lo ves venir, cuando te das cuenta ya es demasiado tarde’.

-¿Dónde te habías metido? Te he estado buscando por todas partes.

Y sin más preámbulo se sienta en la silla que hay a su lado, colocando los pies en el pupitre sin molestarse en ser disimulado puesto que en la tarima Odagiri-sensei está explicando unas cuantas lecciones de repaso en la hora de tutoría. La hora de tutoría está para eso, para tutear con el de al lado, no para prestar atención.

-He estado ocupado.- Genji lo dice esquivando un poco su mirada, observando más allá de la ventana consciente de que a escasos centímetros Izaki lo mira sin decir ni pío. Excepto por una única palabra.

-Entiendo.- Y debe de entenderlo, sí, aunque Genji se empeña en pensar que no, que en realidad no tiene ni idea, y lo dice por decir.

Durante los cinco siguientes minutos el rubio se dedica a hacer absolutamente nada, a parte de mirar fijamente un punto en la mesa de madera pintarrajeada. Parece sumido en sus pensamientos y no será Genji quien le despiste.

-¿Quieres ir a tomar algo esta noche?

-¿Contigo?- Y en cuanto lo dice se da cuenta de lo absurdo que suena y de que Izaki también piensa que es absurdo que pregunte porque arquea una ceja pensándose una frase que no empiece por un insulto.

-Sí.- Para estar seguros, mejor no hacer ninguna frase no vaya a ser que acaben gritándose.

-Ah, bueno.- No tiene nada de malo; han sido mejores amigos desde hace años, y los mejores amigos salen a tomar algo juntos de vez en cuando, con otros amigos, homos o no.

-No es una cita ni nada, eh.

¿Por qué iba a ser una cita? ¿Quién ha dicho cita? Él no ha dicho cita, ha sido Izaki, ¿Izaki se pensaba que él se pensaba que le estaba pidiendo una cita?

-¿Ah no?- ¿Y ahora por qué pregunta como si él hubiese esperado que fuera  una cita? A que le toca volver a consultar el diccionario y buscar la palabra cita.

-Bueno, a no ser que quieras que sea una cita- Ahora a Izaki se le ve tan inseguro como a él, inseguro no en plan temblor y esas mariconadas, inseguro en plan ‘coño, ¿quieres una cita o no?’.

-Yo no he dicho que quiera una cita, ¿tú quieres una cita?

-Yo no he dicho que tú quieras una cita, te he preguntado si la quieres.

-No quiero una jodida cita.

-Pues vale no tendremos una jodida cita. Ahora tampoco quiero ir a tomar nada.

-Yo tampoco.

-Pues vale.

Y así es como termina la conversación, con los dos mirando cada uno hacia una parte de la clase, espatarrados en la silla y pensando que, a fin de cuentas, una cita no sonaba tan mal, pero daba un poco de miedo.

 

***

-¿De dónde vienes?

Cuando escucha la pregunta, Genji desvía la atención de la diana, donde estaba apunto de tirar el dardo, hacia la persona que acaba de unirse al grupo. Izaki lleva unos pantalones vaqueros y una camiseta que no le había visto nunca pero que le sienta bien, y a pesar de que sabe que probablemente es extraño que un tío mire fijamente a otro tío como si fuera la primera vez en meses que lo ve y no esa misma mañana, no puede evitar hacerlo, encontrándose en un momento determinado del recorrido con sus ojos. Son totalmente negros, y le miran inquisitivamente, intentando averiguar el motivo de tal escrutinio por su parte. A Genji le encantaría darle una razón, pero tampoco tiene ni idea, sólo sabe que no puede dejar de mirarle, a veces abiertamente, otras de reojo, la mayoría por encima del vaso de licor. Pero siempre mirándole, a los ojos, o al movimiento de la cruz que lleva colgando del cuello cuando se mueve, deslizándose por la parte de arriba del torso.

-Tenía cosas que hacer.- Eso llama la atención de Genji, que con un cigarro en la boca decide volver a concentrarse en la diana pero agudiza los oídos para escuchar lo que Izaki tenga que decir; a ver qué cosas tenía que hacer sin contárselo a él primero, hombre.

-Ah.

¿Ah? ¿Cómo que ah? ¿Es que nadie va a interesarse y preguntar qué malditas cosas tenía que hacer? Menuda mierda de panda de amigos.

Bueno, para eso está él, para ser sutil, de modo que lanzando el último dardo sin importarle dar o no en la diana, se dirige hacia el grupo, pegándole un trago a su vaso y sentándose enfrente justo de Izaki.

-¿Dónde coño has ido?- Bueno, sutil sutil tampoco. Pero a nadie le extraña que Genji pregunte tan a bocajarro, y lo interpretan como un signo más de su nula capacidad para mantener una conversación normal.

-¿Te interesa?- Izaki tiene la osadía de mirarle retándole a contestar, y él no tiene más remedio que emitir un resoplido de desinterés y mirar hacia otra parte. –Ya decía yo.

 

Le interesa, claro que le interesa, y aunque no se lo diga con palabras se lo dice empotrándolo contra la pared del callejón, ignorando su pequeño siseo de dolor cuando se clava algo en la espalda. Genji no tiene ni tiempo ni paciencia ni ganas para preguntar si se encuentra bien, simplemente mete una pierna entre las del otro, separándoselas para tenerle acomodado en una posición íntima. A Izaki no debe haberle hecho mucho daño el impacto porque pronto rodea el cuello con sus brazos atrayéndole hacia sí violentamente, tropezando con la pared una y otra vez con cada envestida del beso. Le muerde el labio inferior, un poco más bruscamente de lo que le gustaría, pero a veces lo que siente cuando tiene a Izaki entre los brazos es tan intenso que tiene que sacar la energía por alguna parte. El rubio le advierte que no quiere jugar tan duro dándole un empujón con las manos en el pecho y llevándose una mano a los labios, para, un segundo, después volver a atraerle cambiando las posiciones, pero todavía con la pierna de Genji entre las suyas.

-¿No vas a preguntarme dónde he estado?

-No me importa.- Genji tiene los labios rojos y la respiración agitada por más que intenta controlarlo; Izaki deja aflorar una sonrisa cínica que le llega hasta los ojos, sabiendo que aunque le importara no iba a preguntar; los dos son demasiado independientes como para ir controlándose de esa manera, como si fueran esposas celosas y acaparadoras. Son hombres, y un poco homos, pero hombres viriles al fin y al cabo y lo que importa es dónde están ahora.

-Tengo que volver a casa.- Es pronto y patético que tenga que irse, pero su madre está a punto de irse a trabajar y debe quedarse con su hermana pequeña. Genji también piensa que es totalmente injusto que tenga que irse, y se lo demuestra con otro beso animal, lamiendo todo lo que se encuentra a su paso.

-¿Quieres que te acompañe a casa como si fueras una princesa?

Lo dice de broma; es de esas pocas veces en las que se permite bromear, claro, cuando está con Izaki y acaba de meterle la lengua hasta la campanilla, porque entonces nadie le echa en cara que actúe raro y haga cosas nada propias de él. Sin embargo, cuando Izaki titubea en el sitio se le hace un nudo en la garganta que disimula muy bien llevándose las manos al bolsillo del que cuelga la cadena para sacar el paquete de tabaco.

-¿Quieres acompañarme a casa?

-¿Tú quieres que te acompañe a casa?

-Me da igual, me sé el camino.

-¿Entonces no quieres que te acompañe?

-No he dicho que no quiera que me acompañes, he preguntado si quieres acompañarme.

-¿Pero tú quieres que te acompañe?

-Si tú quieres acompañarme está bien.

-Yo no he dicho que quiera acompañarte sólo pregunto si tú quieres que lo haga.

El momento exacto en el que Izaki se harta de la situación, es cuando lanza las manos al aire exasperado y le mira de manera agresiva, lo que, por otra parte, a Genji le da de todo menos miedo.

-Haz lo que te salga de la polla. Si quieres acompañarme bien, si no también, no soy ninguna chica a la que tengas que dejar en la puerta de su casa antes de las doce de la noche.

-Bien, no pensaba hacerlo.

-Bien.

Y dando media vuelta, los dos se giran caminando hacia diferentes direcciones del callejón, parándose en seco y mascullando entre dientes cuando se dan cuenta de que han tomado el camino equivocado. Con toda la dignidad y el orgullo que pueden, vuelven sobre sus pasos, cruzándose sin decir ni mu para dirigirse hacia sus casas.

Cuando giran la esquina disminuyen la velocidad, y piensan que tampoco habría estado tan mal seguir juntos un trozo más del camino, y con un poco de suerte podrían habérselo montado en la puerta del otro mientras su hermana dormía. Pero, de nuevo, daba un poco de miedo.

 

***

De todas las ideas malas que ha tenido Genji, esta es la peor. Y mira que las ha tenido malas, porque él es experto en eso, pero ocurrírsele presentarse en casa de Izaki para felicitarle por su cumpleaños en persona, es, de lejos, la más horrorosa.

-Yo ya me iba…- Intenta volver sobre sus pasos, pero es detenido en el intento por un apretón suave y al girarse se encuentra cara a cara con la señora Izaki, que le observa con ojos luminosos, lo que le pone un poco nervioso.

-Takiya-san- La madre de Izaki le mira, como pidiéndole permiso para proceder, y a Genji le parece un poco mal que una mujer de mediana edad le tenga miedo, así que asiente con la cabeza a pesar de que sabe que el resto de sus días hasta que se muera negará haberse dejado embaucar por una mujer y su hija para ponerse un gorrito de cumpleaños. –Es una fiesta especial, no todos los días mi hijo cumple 20 años, ne?

Debe de estar la mar de favorecido vestido de negro en mitad de un salón minúsculo con un cono en la cabeza mientras las otras dos mujeres andan por el comedor de un lado para otro. Y a juzgar por la cara de Izaki, él también opina que está adorable, mirándole desde la otra parte del comedor, con su propio gorrito, arrellanado en el sofá pinchándose el puente de la nariz para ganar un poco de paciencia. Sorteando el empastre que los separa, Genji se sienta a su lado intentando confundirse con el estampado de flores para que ni la señora Izaki ni su hija reparen en él.

-Creía que no ibas a tener celebración familiar.- Masculla entre dientes, cruzándose de brazos.

-No me digas. ¿Cómo iba a suponer yo que en mi propia familia se estaba gestando una rebelión, que dentro de mis filas me estaban preparando una trampa? Cuando vine ya estaba todo así, no pude avisarte antes.

-Estás perdiendo facultades. Hasta tu familia maquina en tu contra sin que te des cuenta.

Izaki gira la cabeza para mirarle fijamente con los ojos entrecerrados, advirtiéndole que por ahí va mal, muy mal, y que el cuchillo de la tarta está encima de la mesa. Genji se limita a quitarse el gorro cuando nadie le ve, volviéndoselo a colocar al ser consciente de que la madre de Izaki le mira desde la puerta.

-¿Y ahora qué hacemos?

-No lo sé, ¿me has traído un regalo?

Genji se acomoda más aún en el sofá, intentando colocar las piernas en una posición en la que no tenga que cortarse ningún trozo para caber. Ignora deliberadamente la pregunta de Izaki pensando que es coña, ¿cómo coño le va a hacer un regalo? Nunca antes se lo ha hecho, ¿por qué tiene que empezar a hacerlo ahora? Sólo porque de vez en cuando se enrollan –bastante a menudo para ser exactos- no significa que tenga que hacerle ningún regalo especial, ¿no? ¿o sí? ¿acaso Izaki esperaba un regalo? No, no puede ser. Si hasta iba a fingir que no se acordaba de su cumpleaños y a esperarle en el bar con los demás hasta que Izaki le ha llamado para decirle que iba a estar solo en casa toda la tarde. ¿Y ha puesto él reparos en ir? Pues no, se ha desviado de su camino y ha enfilado directo a casa de Izaki para poder disponer de una cama y enrollarse como dios manda, en lugar de hacerlo en cualquier esquina, callejón, o cuarto de baño. Así que sí, la pregunta del rubio debe de ser de coña, por eso no responde, y espera a que le den su trozo de tarta que es lo único bueno de esa experiencia.

 

Aún tienen que esperar media hora más, para que les dejen solos, o bueno, con la única compañía de todos los platos para lavar, mientras las dos mujeres se van al bingo, al centro comercial o a donde quiera que se vayan dos mujeres solas una tarde.

-Yo te espero aquí.

-Ves a lavar los putos platos que para algo te has comido tres trozos de tarta.

Oye, oye, quiere decirle Genji, a él con esos humos no, que se le enciende la chispa y la arma. Está a punto de girarse a comentarle que está jugando con su vida cuando Izaki se levanta bruscamente, recogiendo lo que hay en el comedor. ¿Y ahora qué mosca le ha picado? Piensa, rascándose la coronilla. Pero, sin ser muy consciente de sus propios movimientos, sin ser ni siquiera consciente de su ultrajada voluntad, se levanta del sofá, ayudándole a coger los platos para llevarlos al fregadero completamente en silencio. Él nunca ha fregado ni unos platos ni nada, no es muy dado a las tareas domésticas, para eso tiene a gente que se lo hace en su casa, pero mientras monta todos los platos en una pila para poder llevarlos en un único viaje a la cocina, se fija en que Izaki se mueve como pez en el agua, ordenando de una manera dejada y descuidada, como si lo hiciera a disgusto pero concienzudamente. No quiere llamar su atención, porque intuye que está de un humor de perros y ni siquiera sabe por qué, por eso maldice mentalmente cuando se le cae una cuchara al suelo rompiendo el silencio de la estancia y ganándose una mirada furibunda del otro que le quema hasta las cejas por el fuego que sale de sus ojos. Guau.

-Déjalo, ya lo hago yo, no quiero tener que comer directamente de la olla si te cargas toda mi vajilla.

Y le arrebata la pila de platos con un movimiento hábil que le deja desconcertado y un poco cabreado.

-¿Qué coño te pasa?

-¿Qué coño me va a pasar? Nada

-Ah.- Si Izaki dice que no le pasa nada él no va a insistir; lo último que quiere es enzarzarse en una pelea en casa del otro, y mucho menos dejarle un ojo bonito como regalo el día de su cumpleaños. Espera, ¿regalo? Una bombilla se enciende en la cabeza de Genji, y debe de ser la única que tiene, pero parpadea con intensidad.

-¿Querías un regalo?

En la cocina, Izaki gira la cabeza mirándole por encima del hombro con una ceja enarcada, dándole a entender que él se pasa sus regalos por el forro. Claro, que una cosa es lo que quiere dar a entender, y otra cosa es lo que entiende Genji.

-¿Querías un puto regalo o no?

-No quiero un puto regalo.

-¿Entonces por qué estás enfadado?

-No estoy enfadado.

Pues entonces que se lo digan a los platos a los que les está sacando la cerámica a base de rascar.

Genji nunca ha huido de los problemas, es más, le encanta tirarse a ellos en plancha y resolverlos a puñetazos, pero en esa situación se encuentra en la indecisión entre coger la chaqueta y salir por la puerta puesto que se ha demostrado que esa noche no van a follar ni nada, o acercarse a él e intentar sonsacarle lo que le pasa. Quien dice sonsacarle dice que, si es necesario, tendrá que partirle la mandíbula para que hable. Así que mira a su alrededor buscando cualquier excusa para entrar en la cocina, y la encuentra en los restos de la tarta que hay sobre una bandeja. Con cuidado de no mancharse, camina hacia la estancia en la que Izaki está enjuagando.

-Cuando te ayude con esto me marcho.

-Haz lo que quieras.

-¡No sabía que tenía que hacerte un regalo!- Después de explotar, algo que, por otra parte, no es muy propio de él dado que le gusta batir su récord y cada día utiliza menos palabras en una conversación, se siente cohibido y se queda detrás de Izaki en la cocina, con la tarta sobre las manos.

-Es mi cumpleaños, coño, Genji, es lo normal. La gente hace regalos. Hasta yo te hice uno por el tuyo.

-¿Ah sí?- Eso sí le pilla por sorpresa, y tiene que retrotraerse hasta hace unos meses para recordarlo, pero por más que se esfuerza sólo tiene en mente a Izaki invitándole a tomar algo. ¿A eso se refiere?

Izaki tampoco sabe a lo que se refiere; hasta ese momento ni siquiera él había considerado haberle invitado a tomar algo como un regalo, pero, una vez más, ellos no son una pareja de novias que se recorren un centro comercial buscando el regalo perfecto para su chico. Ellos son machos y se felicitan dándose una palmada en el hombro o invitándose a un tequila, que es exactamente lo que hizo él.

Genji se da cuenta en el mismo momento que Izaki de que esa conversación no tiene ni pies ni cabeza. No son chicas, ni detallistas, ni una pareja normal. No tienen por qué echarse en cara esas gilipolleces. Aún así, cuando Izaki vuelve a encender el grifo dando por terminada la conversación, a Genji le molesta pensar que ha quedado él como el malo de la película, el descorazonado que ni siquiera le ha invitado a un vino de tetrabrick.

-Si tanta ilusión te hace un jodido regalo friega y nos vamos al bar. Que te invito a algo.

-Ya no quiero un jodido regalo.

A Genji se le empiezan a hinchar las narices. ¿Cuál es la diferencia entre tirarte a una tía y a un tío si el tío se vuelve igual de pejiguero que una mujer en esas cuestiones?

Inspirando hondo, da otro paso hacia delante dando las gracias por tener una tarta entre las manos y no tenerlas libres para poder darle una paliza.

-¿Entonces qué coño quieres?

-Y dale otra vez con el tema, que no quiero un regalo, que te metas tu jodido regalo por el culo, y que…- La frase se le queda a mitad, cuando al girarse de repente no calcula la distancia y choca de frente con la tarta que lleva Genji entre las manos, manchándose toda la camiseta.

-¡Genji! Mira lo que has hecho.

Tendrá cojones la cosa, piensa Genji mientras observa cómo la nata decora la camiseta negra, pensando en que si suelta la bandeja para pegarle igual luego le hace fregar el suelo. Pero después ya no puede pensar en nada más, cuando Izaki, resoplando, se quita la camiseta con decisión dejando completamente expuesto su torso. Está tan concentrado en observar lo arruinada que ha quedado la prenda que no se da cuenta de que Genji le mira en silencio, tragando saliva cuando alcanza a ver la pequeña cicatriz que tiene en el pecho provocada por el disparo durante aquella noche que a veces está un poco borrosa en su memoria. Nunca había pasado tanto miedo, y todavía hoy cree que no lo volverá a pasar; no un miedo como el que le invadió cuando vio a Izaki tumbado en el suelo, desangrándose.

-Joder, qué marranada de camiseta. Espero que me compres una nueva, aunque no será un regalo, será una compensación.

El rubio, sumido en sus pensamientos, tira la camiseta al cesto de la ropa, encontrándose con la mirada de Genji fija en la cicatriz; no es la única que tiene, pero sí la más significativa, y al principio no sabe exactamente qué está diseccionando con los ojos, pero luego cae en la cuenta y se mira él también, tocándose levemente la piel expuesta donde la herida se abrió y cerró en menos de un minuto.

Se sobresalta un poco cuando, después de dejar la bandeja a un lado, Genji también le roza levemente la piel; tiene las manos frías, y eso que él no ha estado fregando, pero cuando le toca le provoca escalofríos.

A la mierda el regalo y el cumpleaños, piensa Izaki, al sentir cómo Genji le atrae hacia sí agarrándole del cinturón, para después besarle de esa manera tan brutal, como sólo saben hacerlo ellos, pero sabiendo el beso a nata y chocolate.

 

***

Izaki cree que el 90% de la gente es idiota. La mayor parte del tiempo le da absolutamente igual, pero hay otros momentos en los que piensa que el mundo sería un sitio mejor sin toda la gente idiota que hay caminando por la tierra. Si él pudiera, si le dejaran, haría una limpieza y se quedaría más ancho que largo, pero como no se lo permiten bajo riesgo de expulsión y puesto que no puede permitirse darle otro disgusto a su madre, inspira hondo mirando por encima de las gafas de sol cómo una panda de críos le devuelve la mirada socarrona, teniendo la osadía de reírse de él y de todos los libros que se le han caído al suelo cuando han chocado en el pasillo.

Subiéndose las gafas de sol lentamente por el puente de la nariz, se permite sonreír de medio lado, ladeando la cabeza y mirándoles de una manera que dice ‘os voy a matar, jajajajaja, cabrones, os voy a matar’. Los críos de primero, que deben de ser nuevos teniendo en cuenta que ni siquiera le han reconocido, caen en la cuenta de que ¡ostia!, este tío parece que nos quiera matar, y un segundo después bajan corriendo por el pasillo, huyendo de la expresión mortal de Izaki. Pero éste tampoco tiene ganas de salir detrás de ellos para traerles de las orejas y obligarles a recogerle los libros que han tirado y que Odagiri-sensei le ha pedido que lleve desde el despacho cuando un rato antes se lo ha encontrado en las escaleras de casualidad.

Girando sobre sí mismo silbando para entretenerse, busca a su presa esperando que haya algún imbécil al que poder intimidar para que los recoja por él y no tener que agacharse, pero sospechosamente el pasillo ha quedado totalmente desierto, y como supone que no es factible llevar los libros hasta clase pegándoles patadas, no tiene más remedio que bajar la mirada hasta ellos y pensar en agacharse por sí mismo.

Justo en ese momento Genji gira la esquina; tiene la expresión sombría, algo que en realidad es normal en él, y cuando le ve le hace un leve asentimiento de reconocimiento con la cabeza, dirigiéndose hacia él llevándose un cigarro a la oreja y aprovechando para retirarse el pelo largo de la cara.

Por un momento a Izaki se le para el corazón, porque en lugar de detenerse, Genji sigue caminando distraídamente, como si no se percatara de que ha llegado a su altura y se ha inclinado sobre él para, supone Izaki, darle un beso.

En otras circunstancias no le habría importado meterle la lengua hasta el fondo, pero a juzgar por la tensión que invade el cuerpo de Genji en el momento en el que sus labios van a tocarse, Izaki intuye que acaba de darse cuenta de dónde están, y de que no es normal ni cotidiano que dos hombres, que ellos, se saluden en el pasillo del instituto con un beso, por mucho que ahora tengan la costumbre de hacerlo cuando están solos. Nació como algo natural, a decir verdad, en una de esas citas privadas que tienen de vez en cuando en las que consiguen librarse de todos los demás con cualquier excusa estúpida, y quedan en alguna esquina, o en el callejón mismo, para montárselo. Unas semanas atrás Genji había llegado a su altura cachondo perdido, e Izaki no quiso preguntar por qué, ¿y qué más daba? se dejó besar intensamente durante unos minutos, y cuando se quedaron sin aire se separaron, Genji dijo ‘hola, por cierto’ y él respondió ‘sí, eso’. Y desde entonces se saludan con un beso, porque despedirse siempre se despedían con un beso, eso era sagrado. No de acuerdo tácito, o sea, no habían quedado en ‘cuando nos despidamos nos besamos’ claro que no, joder, pero era algo implícito, porque ellos no tenían despedidas. Simplemente se besaban y cuando terminaba el beso se marchaban, sin decir adiós, sin decir hasta mañana.

Por eso en el pasillo del colegio, con Genji todavía inclinado sobre él para besarle como si tal cosa, Izaki deja que las gafas de sol se le escurran de nuevo por el puente de la nariz, y mira de reojo a ambos lados para comprobar que sigue sin haber nadie.

Recuperándose, Genji carraspea mientras se incorpora, cogiendo el cigarro de la oreja para metérselo apagado en la boca sólo para disimular su turbación.

Que han estado a punto de besarse en el colegio, por favor.

La única manera que se le ocurre para disimular lo alterado que está, es agacharse delante de Izaki y recoger los libros, amontonándolos para acto seguido ponerse en pie con ellos y empezar a caminar sabiendo que le sigue a su espalda.

-Puedo llevarlos yo.

-Da igual, ya los llevo yo. ¿Quieres que te los de?

-Si quieres llevarlos tú adelante.

-Pero has dicho que puedes llevarlos tú.

-Sólo si tú no querías llevarlos.

-A mí me da igual llevarlos, si quieres llevarlos tú te los doy.

-Da igual, ahora ya los llevas tú.

-¿Pero quieres llevarlos?

Antes de que conteste, han llegado a la puerta de clase y Odagiri-sensei se los arrebata de las manos, dándoles las gracias y pidiéndoles que se sienten en sus pupitres.

Mientras recorren las hileras de sillas y mesas, Izaki, que todavía va detrás de Genji, no puede evitar sonreír, sin razón, sin motivo. Cuando se sienta en su pupitre y dirige una mirada rápida al moreno, se da cuenta de que éste también está sonriendo, no abiertamente, pero sí para sus adentros.